Hola, navegante. O náufrago: porque dejé ir esta nave a la deriva desde noviembre (tuve buenas razones) y quizá ya no estés ahí para leerme. De todos modos acá estoy, para avisarte que el jueves pasado se estrenó por fin la película Aballay, en la que un servidor laburó dibujando diseños de personajes, arte, historieta, afiche, como le quieras llamar. Acá, por ejemplo, podés ver el animatic que se realizó con mis dibujos y que sirvió como guía de ambiente y personajes para el film.
Hacen casi cuatro años, me sorprendió la convocatoria de Fernando Spiner para colaborar con este proyecto que ahora es una película que ha ganado lo suyo antes del estreno (el premio del público en Mar del Plata, por ejemplo) y que -según mi modesto entender- dejará huella en el cine nacional. Una huella a punta de espuela, espina y cuchillo porque se trata de una épica desértica (ponele uéstern) en el norte argentino (Amaicha, Tucumán) con gauchos de en serio (si no, vélo a Cedrón) y con mucha sangre derramada en el suelo sin dueño que supo ser Argentina más de cien años atrás... ¿O todo sigue igual?
En aquel entonces (2007) todo lo que me decía Spiner me sonaba a delirio: ¿Destazar el perfecto cuento del gran mendocino Antonio Di Benedetto? ¿Meterle una historia de amor en el medio? ¿Hacer una de vaqueros pero en suelo patrio? ¿Hacer una historieta para vender el proyecto? ¿Hacer con todo eso una película bien entendidamente comercial? Te juro que entonces dudé. Pero me fueron metiendo tantas cosas en común entre los sueños de Spiner y mi historia personal: los hechos del cuento suceden originalmente en Jáchal, la tierra sanjuanina de mis antepasados y donde descansa mi viejo; los mismos Aballay, que por allá son mis parientes; todo Mallea nacido en Jáchal por los tiempos del cuento podrían haber sido personajes de esta película y... ¡me iban a pagar por dibujar gauchos! Así Spiner me fue metiendo en el sueño colectivo enloquecido que es toda película nacional y ví como sufrió, luchó y finalmente pudo hacer llegar el carruaje roto y vencido como sea a este final con pompa y orquesta: un film maravilloso y único, técnica y artísticamente impecable, honrando el linaje del cine de gauchos y, a la vez, tan nuevo en más de un sentido.





Ese sueño, el sueño de locos como Di Benedetto, Spiner, Javier Diment (digamos el corresponsable de la peli, guionista y director de la "2º unidad"), Santiago Hadida (Chamamé Soldier, guionista también y gracias a quien llegó mi nombre hasta Spiner) y cada uno de los que participaron de la película, ahora es realidad. Una realidad que está ahí esperándote en los cines para que la vayas a ver, que de paso hacés patria permitiendo que una película argentina le ponga el pecho a las bostas extranjeras. Porque todos esos tanques yanquis, con figurones horribles como Gillenhaal o la decadente ex de Cruise, vienen a hacer pata ancha a nuestros cines (¿o tal vez nos los robaron?) con centenas de copias contra las epopéyicas 41 con las que salió a pelear Aballay. Sería hermoso ver vencer a un Goliath argentino haciendo que este film permanezca en las salas más allá del miserable vencimiento que le impone el mercado de hoy. ¿Estaremos a esa altura?

Durante el preestreno me pasó algo muy raro: mirando por 1º vez la película, creí por momentos haberme "copiado" de algunos fotogramas, como dando vuelta el guante del tiempo que pasó desde 2007 hasta hoy.
La talentosa y bella Moro Anghileri, que se roba el corazón de la película. Y Cedrón, que está magnífico.Como sea, todo lo sucedido hasta aquí: el laburo en sí (el placer de dibujar cosas que siento mías), el libro editado por Adriana Hidalgo (que incluye la historieta), la presentación del mismo en la Biblioteca Nacional junto a grandes como Pablo De Santis y José Martínez Suárez, el preestreno en el Gaumont y la cena con todos los que laburaron en la peli me pagan estos años de espera. Agradezco al capitán Fernando Spiner, por haberme dejado subir a esa vertiginosa diligencia que es el cine independiente argentino y viajar hasta este sueño llamado "Aballay".
Ojalá a vos, navegante, también te guste viajar hasta Aballay.
Abrazo,
Cristian


















